El abogado de causas perdidas
Google, Netflix, Anthropic y la importancia de hacer lo correcto
Yo era un niño un poco repelente. De esos que incomodan a los adultos y fascinan a los profesores. Hacía preguntas todo el rato, leía el periódico en mis ratos libres y, lo que es peor, tenía una opinión sobre casi todo.
Además, no soportaba que las cosas fueran injustas. Si algo no estaba bien, lo decía. Aunque no tocara. En casa me llamaban “el abogado de causas perdidas”. Con cariño, supongo.
Con el tiempo he entendido que eso tiene otro nombre: intentar hacer lo correcto. Y que hacerlo casi siempre tiene un coste. Que a veces es pequeño y a veces no tanto. Pero que es lo único que te permite irte a dormir con la conciencia tranquila.
De eso va este post. Pero para llegar ahí, tengo que volver al colegio.
Me apellido Ábalos, así que siempre he sido el primero de la lista. Los maestros tienen la costumbre de empezar a preguntar por orden alfabético, así que no me venía mal estar preparado y saberme la lección, por lo que pudiera pasar.
Como buen empollón, el primer día de cole era mi favorito del año. Pero lo que más me gustaba era el ritual de la preparación previa: ir a comprar el material con mi madre, forrar los libros, preparar el estuche, hacer el horario a mano…
El olor de las gomas Milán sigue siendo mi magdalena de Proust. Recuerdo que tenía un cuaderno de anillas con separadores para cada asignatura y cogía apuntes con una letra preciosa y bolis de tres colores diferentes.
Por si esto no era suficiente para cogerme manía, mi familia estaba en una secta ultracatólica y yo era, además de justiciero, evidentemente mariquita. Era una mezcla de Lisa Simpson y uno de los hijos de Ned Flanders. La verdad es que no sé cómo salí vivo y con amigos de aquel colegio público de Moratalaz.
Pero bueno, hoy no toca hablar de mi infancia cristofreak. Ya habrá ocasión.
No necesitas ‘onboarding’ para hacer lo correcto
Muchos años después, en mi primer día en una empresa tecnológica, una compañera me dio la bienvenida y me regaló una mochila corporativa. Y ahí estaba yo, el primero de la lista, en Palo Alto, el único europeo del grupo de los que empezábamos ese mes, mirando esa mochila y sintiendo exactamente lo mismo que de niño. La misma ilusión. La misma promesa. La misma seguridad de tener los libros perfectamente forrados.
Hay algo en una buena cultura de empresa que hace eso. Que te hace creer. Que te convence de que formas parte de un sitio especial, con una visión diferente y una misión colectiva.
He tenido la suerte de trabajar en sitios con culturas muy potentes. Con grandes posters en las paredes, pegatinas para el ordenador, sesiones donde te explicaban cada valor con ejemplos reales, managers que se los sabían de memoria, recompensas para quienes los representaban especialmente bien… Todo muy bonito, todo perfectamente organizado. Como mis apuntes a tres colores.
Con los años me he vuelto algo más escéptico, pero sigo creyendo que lo que hace grande o pequeña a una empresa es su cultura. La de verdad, la que vives cada día como empleado, independientemente de lo que ponga en un manifiesto.
Y hay algo que echo en falta: muy pocas dicen algo tan simple como “haz lo correcto”.
Hacer lo correcto es un valor incómodo. Es uno que a veces te cuesta dinero, una oportunidad, un ascenso, una reunión difícil con un compañero… No siempre es lo mejor para ti. Y no siempre es lo mejor para el negocio.
Si lo piensas, ante una decisión difícil, casi siempre sabes qué es lo correcto. No necesitas un manifiesto de doce principios, ni una sesión de onboarding en valores. Sabes que no tienes que mentir. Sabes que tienes que defender a tu equipo, aunque te cueste una conversación incómoda con tu jefe. Sabes de qué lado estar cuando están en juego los derechos de las personas. Y sabes cuándo algo huele mal, aunque sea técnicamente legal.
Quizás por eso “hacer lo correcto” no sea un valor muy común.
El día que Google empezó a ser malo
En 2015, Google pasó a ser Alphabet y su mítico lema Don’t Be Evil (no seas malo) se convirtió en Do the Right Thing (haz lo correcto). Hasta entonces, Don’t Be Evil era la frase que abría y cerraba el código de conducta de la compañía. La habían inlcuído casi como una provocación al resto de empresas tech: era incómoda precisamente porque era concreta.
Te obligaba a preguntarte: ¿esto es “evil” o no? Era difícil de esquivar.
Lo que aparentemente era un cambio a mejor, con un valor más amplio y positivo, resultó no serlo del todo. Paradójicamente, Do the Right Thing daba a la compañía más margen para hacer exactamente lo que Don’t Be Evil pretendía evitar. Más flexible, menos exigente.
En 2018, más de 4.000 empleados firmaron una petición en contra del Proyecto Maven, con el que Google colaboraba con el Pentágono para desarrollar inteligencia artificial militar. En su escrito, hacían referencia a Don’t Be Evil como el principio que fundamentaba su queja. Para entonces cualquier referencia a ese principio fundacional ya había desaparecido del código de conducta.
Netflix, Georgia, y lo que cuestan las palabras
En 2019, yo trabajaba en Netflix. El estado de Georgia había aprobado la llamada “heartbeat bill”, una ley que prohibía el aborto a partir de las seis semanas. Netflix fue la primera gran empresa de Hollywood en plantarse públicamente.
Ted Sarandos, entonces jefe de contenidos, dijo que si la ley entraba en vigor, Netflix se replantearía toda su inversión en el estado. El coste potencial era enorme. Georgia ofrecía ventajas fiscales del 30% y series como Stranger Things y Ozark se rodaban allí.
En una reunión con todos los ejecutivos de la empresa, un compañero le preguntó al CEO, Reed Hastings, hasta dónde estaban dispuestos a llegar con esas declaraciones. Su respuesta no pudo ser más clara y se me quedó grabada para siempre: “Companies make statements with dollars.”
Dicho de otra forma: no es lo que dices, es lo que haces cuando te cuesta dinero.
Afortunadamente, la ley fue bloqueada judicialmente y nunca entró en vigor. Netflix nunca tuvo que ejecutar su amenaza, pero la disposición a hacerlo era real.
Anthropic y el lado bueno de la historia
Esta semana hemos tenido otro buen ejemplo de cómo la verdadera cultura de una empresa es lo que hace cuando le toca el bolsillo.
Anthropic, la empresa de inteligencia artificial detrás de Claude, acaba de perder un contrato de 200 millones de dólares con el Pentágono por negarse a permitir que su IA se use para la vigilancia masiva de ciudadanos o en armas totalmente autónomas.
El gobierno de Trump ha calificado a Anthropic de “riesgo para la seguridad nacional” y les ha cortado el acceso a cualquier contrato militar. El coste de defender sus valores será, sin duda, mucho mayor que esos 200 millones.
Por otro lado, OpenAI, la empresa de ChatGPT, no ha tenido ningún problema en firmar el acuerdo. Dicen tener los mismos límites éticos que Anthropic, pero por lo que sea no los han incluido en el contrato.
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Saber qué es lo correcto y decidir hacerlo son dos cosas distintas. En medio están todas las demás preguntas: qué es lo que más me beneficia, qué es lo mejor para la empresa, cómo no meterme en líos, cómo proteger lo que he construido… Son preguntas legítimas. Pero son preguntas distintas.
El coste de hacer lo correcto a veces es alto. Pero el de no hacerlo es más alto todavía.
Lo que falta no es claridad. Es la disposición a asumir las consecuencias.
El niño repelente al que llamaban abogado de causas perdidas lo supo siempre.
Y yo todavía estoy aprendiendo a hacerle caso.








