Unas botas para pensar en amarillo
Los Reyes Magos me han traído unas botas de agua amarillas. Esto quiere decir dos cosas: que este año he sido bueno y que Sus Majestades me conocen perfectamente, casi como si vivieran conmigo.
El amarillo es un color muy particular. No pasa desapercibido, no combina con cualquier cosa. Es un color que incomoda un poco, que exige posicionarse. O te gusta o lo evitas. No admite medias tintas y, quizá por eso, genera cierta resistencia en algunas personas. Obliga a mirar, a decidir, a asumir que no todo tiene que ser discreto, sobrio y funcional.
El amarillo es, por definición, el color de la alegría y la ilusión. También el de la atención, la creatividad y las ideas. El que aparece cuando algo empieza a moverse, cuando surge una posibilidad, cuando se enciende una chispa. El amarillo subraya, señala y despierta.
Siempre llevo algo amarillo encima: una libreta, un boli, la funda del móvil, la correa del reloj... Notas mentales escritas en color que, en mi caso, funcionan como un ancla. Me permiten volver a un punto reconocible cuando todo alrededor se mueve demasiado. Son un recordatorio silencioso de quién soy y de cómo quiero estar. De afrontar cada día con optimismo y curiosidad.
Conste que no soy supersticioso. Nunca he necesitado rituales ni amuletos para sentir que tengo el control de lo incontrolable. Y está claro que no creo que un simple color haga que pasen cosas. Pero sí hay actitudes que, a veces, son lo más parecido que existe a la buena suerte.
Para mí, pensar en amarillo es intentar mantener un estado mental positivo incluso cuando el entorno me invita al cansancio, al conformismo o a bajar los brazos. No tiene que ver con negar la dificultad de las cosas, ni con mirar la realidad de forma ingenua, sino con decidir desde qué lugar la afronto. Es elegir prestar atención cuando sería más fácil mirar hacia otro lado. Pararme un segundo.
Tampoco va de sonreír cuando todo va mal o ignorar los problemas de forma inconsciente. No es optimismo impostado ni entusiasmo de frases de Mr Wonderful. Es, más bien, un ejercicio constante de resistencia al cinismo. De no dejar que el desgaste diario acabe dictando mi forma de pensar o de relacionarme con los demás.
En la práctica, pensar en amarillo significa poner el foco en lo realmente importante, que casi nunca está en la oficina ni en las urgencias del día a día. Significa intentar aportar claridad donde otros solo añaden ruido, cuidar mi energía y la de mi entorno, y seguir avanzando con intención.
Por eso me encantan mis botas de agua amarillas. No están hechas para esperar a que escampe, sino para salir cuando llueve. Para seguir adelante, aunque el suelo esté mojado y haya barro.
Y para divertirme saltando en los charcos.



